¿Quién es Malala? Yo soy Malala

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El 9 de octubre le dispararon, ¿por qué? por defender la educación.

En la actualidad -casi- nadie se preocupa por educarse. Sobre todo en México, donde la educación es deficiente, los alumnos no van más allá de lo que les hacen repetir en las escuelas, y los maestros son tratados peor que delincuentes.

Pero, ¿qué pasaría si les prohibieran asisitar a las escuelas? Igual y gran parte del alumnado estaría contento, mientras que un minoría protestaría y exigiría educación.

Bueno, pues a Malala Yousafzai le pasó algo similar. Ella es paquistaní, y en 2012 fue atacado por un talibán cuando regresaba del colegio a su casa. ¿Por qué? Quizá porque la educación es un arma. Un arma peligrosísima para el que explota o somete a una población.

Todo esto viene porque recién leí el libro Yo soy Malala. Pese a mis ideas pre-formadas, el libro me sorprendió. Cuando sufrió el accidente acaparó noticiarios y portadas de revistas y periódicos, lo que provocó desconfianza en mí.

Sin embargo el libro es agradable, fácil de leer y da una idea muy vaga, pero la da, de cómo se vive en países no occidentales. Además su historia es buena. No lo piensen más y léanlo.

En lo personal dejó una profunda impresión y me involucré más en su movimiento, y en su persona. Si causa lo mismo en ustedes, pásenle por acá: Malala fund.

 

 

 

Los venenos

Inician los festejos por el centenario del nacimiento de Cortázar y por los treinta años de su muerte.

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Los Venenos

    El sábado tío Carlos llegó a mediodía con la máquina de matar hormigas. El día antes había dicho en la mesa que iba a traerla, y mi hermana y yo esperábamos la máquina imaginando que era enorme, que era terrible. Conocíamos bien las hormigas de Bánfield, las hormigas negras que se van comiendo todo, hacen los hormigueros en la tierra, en los zócalos, o en ese pedazo misterioso donde una casa se hunde en el suelo, allí hacen agujeros disimulados pero no pueden esconder su fila negra que va y viene trayendo pedacitos de hojas, y los pedacitos de hojas eran las plantas del jardín, por eso mamá y tío Carlos se habían decidido a comprar la máquina para acabar con las hormigas.

    Me acuerdo que mi hermana vio venir a tío Carlos por la calle Rodríguez Peña, desde lejos lo vio venir en el tílbury de la estación, y entró corriendo por el callejón del costado gritando que tío Carlos traía la máquina. Yo estaba en los ligustros que daban a lo de Lila, hablando con Lila por el alambrado, contándole que por la tarde íbamos a probar la máquina, y Lila estaba interesada pero no mucho, porque a las chicas no les importan las máquinas y no les importan las hormigas, solamente le llamaba la atención que la máquina echaba humo y que eso iba a matar todas las hormigas de casa.

    Al oír a mi hermana le dije a Lila que tenía que ir a ayudar a bajar la máquina, y corrí por el callejón con el grito de guerra de Sitting Bull, corriendo de una manera que había inventado en ese tiempo y que era correr sin doblar las rodillas, como pateando una pelota. Cansaba poco y era como un vuelo, aunque nunca como el sueño de volar que yo siempre tenía entonces, y que era recoger las piernas del suelo, y con apenas un movimiento de cintura volar a veinte centímetros del suelo, de una manera que no se puede contar por lo linda, volar por calles largas, subiendo a veces un poco y otra vez al ras del suelo, con una sensación tan clara de estar despierto, aparte que en ese sueño la contra era que yo siempre soñaba que estaba despierto, que volaba de verdad, que antes lo había soñado pero esta vez iba de veras, y cuando me despertaba era como caerme al suelo, tan triste salir andando o corriendo pero siempre pesado, vuelta abajo a cada salto. Lo único un poco parecido era esta manera de correr que había inventado, con las zapatillas de goma Keds Champion con puntera daba la impresión del sueño, claro que no se podía comparar.

    Mamá y abuelita ya estaban en la puerta hablando con tío Carlos y el cochero. Me arrimé despacio porque a veces me gustaba hacerme esperar, y con mi hermana miramos el bulto envuelto en papel madera y atado con mucho hilo sisal, que el cochero y tío Carlos bajaban a la vereda. Lo primero que pensé fue que era una parte de la máquina, pero en seguida vi que era la máquina completa, y me pareció tan chica que se me vino el alma a los pies. Lo mejor fue al entrarla, porque ayudando a tío Carlos me di cuenta que la máquina pesaba mucho, y el peso me devolvió confianza. Yo mismo le saqué los piolines y el papel, porque mamá y tío Carlos tenían que abrir un paquete chico donde venía la lata del veneno, y de entrada ya nos anunciaron que eso no se tocaba y que más de cuatro habían muerto retorciéndose por tocar la lata. Mi hermana se fue a un rincón porque se le había acabado el interés por todo y un poco también por miedo, pero yo la miré a mamá y nos reímos, y todo aquel discurso era por mí hermana, a mí me iban a dejar manejar la máquina con veneno y todo.

    No era linda, quiero decir que no era una máquina máquina, por lo menos con una rueda que da vueltas o un pito que echa un chorro de vapor. Parecía una estufa de fierro negro, con tres patas combadas, una puerta para el fuego, otra para el veneno y de arriba salía un tubo de metal flexible (como el cuerpo de los gusanos) donde después se enchufaba otro tubo de goma con un pico. A la hora del almuerzo mamá nos leyó el manual de instrucciones, y cada vez que llegaba a las partes del veneno todos la mirábamos a mi hermana, y abuelita le volvió a decir que en Flores tres niños habían muerto por tocar una lata. Ya habíamos visto la calavera en la tapa, y tío Carlos buscó una cuchara vieja y dijo que ésa sería para el veneno y que las cosas de la máquina las guardarían en el estante de arriba del cuarto de las herramientas. Afuera hacía calor porque empezaba enero, y la sandía estaba helada, con las semillas negras que me hacían pensar en las hormigas.

    Después de la siesta, la de los grandes porque mi hermana leía el Billiken y yo clasificaba las estampillas en el patio cerrado, fuimos al jardín y tío Carlos puso la máquina en la rotonda de las hamacas donde siempre salían hormigueros. Abuelita preparó brasas de carbón para cargar la hornalla, y yo hice un barro lindísimo en una batea vieja, revolviendo con la cuchara de albañil. Mamá y mi hermana se sentaron en las sillas de paja para ver, y Lila miraba entre el ligustro hasta que le gritamos que viniera y dijo que la madre no la dejaba pero que lo mismo veía. Del otro lado del jardín ya se estaban asomando las de Negri, que eran unos casos y por eso no nos tratábamos. Les decían la Chola, la Ela y la Cufina, pobres. Eran buenas pero pavas, y no se podía jugar con ellas. Abuelita les tenía lástima pero mamá no las invitaba nunca a casa porque se armaban líos con mi hermana y conmigo. Las tres querían mandar la parada pero no sabían ni rayuela ni bolita ni vigilante y ladrón ni el barco hundido, y lo único que sabían era reírse como sonsas y hablar de tanta cosa que yo no sé a quién le podía interesar. El padre era concejal y tenían Orpington leonadas. Nosotros criábamos Rhode Island que es mejor ponedora.

    La máquina parecía más grande por lo negra que se la veía entre el verde del jardín y los frutales. Tío Carlos la cargó de brasas, y mientras tomaba calor eligió un hormiguero y le puso el pico del tubo; yo eché barro alrededor y lo apisoné pero no muy fuerte, para impedir el desmoronamiento de las galerías como decía el manual. Entonces mi tío abrió la puerta para el veneno y trajo la lata y la cuchara. El veneno era violeta, un color precioso, y había que echar una cucharada grande y cerrar en seguida la puerta. Apenas la habíamos echado se oyó como un bufido y la máquina empezó a trabajar. Era estupendo, todo alrededor del pico salía un humo blanco, y había que echar más barro y aplastarlo con las manos. “Van a morir todas”, dijo mi tío que estaba muy contento con el funcionamiento de la máquina, y yo me puse al lado de él con las manos llenas de barro hasta los codos, y se veía que era un trabajo para que lo hicieran los hombres.
—¿Cuánto tiempo hay que fumigar cada hormiguero? —preguntó mamá.
—Por lo menos media hora —dijo tío Carlos—. Algunos son larguísimos, más de lo que se cree.

    Yo entendí que quería decir dos o tres metros, porque había tantos hormigueros en casa que no podía ser que fueran demasiado largos. Pero justo en ese momento oímos que la Cufina empezaba a chillar con esa voz que tenía que la escuchaban desde la estación, y toda la familia Negri vino al jardín diciendo que de un cantero de lechuga salía humo. Al principio yo no lo quería creer pero era cierto, porque en el mismo momento Lila me avisó desde los ligustros que en su casa también salía humo al lado de un duraznero, y tío Carlos se quedó pensando y después fue hasta el alambrado de los Negri y le pidió a la Chola que era la menos haragana que echara barro donde salía el humo, y yo salté a lo de Lila y taponé el hormiguero. Ahora salía humo en otras partes de casa, en el gallinero, más atrás de la puerta blanca, y al pie de la pared del costado. Mamá y mi hermana ayudaban a poner barro, era formidable pensar que por debajo de la tierra había tanto humo buscando salir, y que entre ese humo las hormigas estaban rabiando y retorciéndose como los tres niños de Flores.

    Esa tarde trabajamos hasta la noche, y a mi hermana la mandaron a preguntar si en la casa de otros vecinos salía humo. Cuando apenas quedaba luz la máquina se apagó, y al sacar el pico del hormiguero yo cavé un poco con la cuchara de albañil y toda la cueva estaba llena de hormigas muertas y tenía un color violeta que olía a azufre. Eché barro encima como en los entierros, y calculé que habrían muerto unas cinco mil hormigas por lo menos. Ya todos se habían ido adentro porque era hora de bañarse y tender la mesa, pero tío Carlos y yo nos quedamos a repasar la máquina y a guardarla. Le pregunté si podía llevar las cosas al cuarto de las herramientas y dijo que sí. Por las dudas me enjuagué las manos después de tocar la lata y la cuchara, y eso que la cuchara la habíamos limpiado antes.

    Al otro día fue domingo y vino mi tía Rosa con mis primos, y fue un día en que jugamos todo el tiempo al vigilante y ladrón con mi hermana y con Lila que tenía permiso de la madre. A la noche tía Rosa le dijo a mamá si mi primo Hugo podía quedarse a pasar toda la semana en Bánfield porque estaba un poco débil de la pleuresía y necesitaba sol. Mamá dijo que sí, y todos estábamos contentos. A Hugo le hicieron una cama en mi pieza, y el lunes fue la sirvienta a traer su ropa para la semana. Nos bañábamos juntos y Hugo sabía más cuentos que yo, pero no saltaba tan lejos. Se veía que era de Buenos Aires, con la ropa venían dos libros de Salgari y uno de botánica, porque tenía que preparar el ingreso a primer año. Dentro del libro venía una pluma de pavorreal, la primera que yo veía, y él la usaba como señalador. Era verde con un ojo violeta y azul, toda salpicada de oro. Mi hermana se la pidió pero Hugo le dijo que no porque se la había regalado la madre. Ni siquiera se la dejó tocar, pero a mí sí porque me tenía confianza y yo la agarraba del canuto.

    Los primeros días, como tío Carlos trabajaba en la oficina no volvimos a encender la máquina, aunque yo le había dicho a mamá que si ella quería yo la podía hacer andar. Mamá dijo que mejor esperáramos al sábado, que total no había muchos almácigos esa semana y que no se veían tantas hormigas como antes.

    —Hay unas cinco mil menos —le dije yo, y ella se reía pero me dio la razón. Casi mejor que no me dejara encender la máquina, así Hugo no se metía, porque era de esos que todo lo saben y abren las puertas para mirar adentro. Sobre todo con el veneno mejor que no me ayudara.

    A la siesta nos mandaban quedarnos quietos, porque tenían miedo de la insolación. Mí hermana desde que Hugo jugaba conmigo venía todo el tiempo con nosotros, y siempre quería jugar de compañera con Hugo. A las bolitas yo les ganaba a los dos, pero al balero Hugo no sé cómo se las sabía todas y me ganaba. Mi hermana lo elogiaba todo el tiempo y yo me daba cuenta que lo buscaba para novio, era cosa de decírselo a mamá para que le plantara un par de bifes, solamente que no se me ocurría cómo decírselo a mamá, total no hacían nada malo. Hugo se reía de ella pero disimulando, y yo en esos momentos lo hubiera abrazado, pero era siempre cuando estábamos jugando y había que ganar o perder pero nada de abrazos.

    La siesta duraba de dos a cinco, y era la mejor hora para estar tranquilos y hacer lo que uno quería. Con Hugo revisábamos las estampillas y yo le daba las repetidas, le enseñaba a clasificarlas por países, y él pensaba al otro año tener una colección como la mía pero solamente de América. Se iba a perder las de Camerún que son con animales, pero él decía que así las colecciones son más importantes. Mi hermana le daba la razón y eso que no sabía si una estampilla estaba del derecho o del revés, pero era para llevarme la contra. En cambio Lila que venía a eso de las tres, saltando por los ligustros, estaba de mi parte y le gustaban las estampillas de Europa. Una vez yo le había dado a Lila un sobre con todas estampillas diferentes, y ella siempre me lo recordaba y decía que el padre le iba a ayudar en la colección pero que la madre pensaba que eso no era para chicas y tenía microbios, y el sobre estaba guardado en el aparador.
 

    Para que no se enojaran en casa por el ruido, cuando llegaba Lila nos íbamos al fondo y nos tirábamos debajo de los frutales. Las de Negri también andaban por el jardín de ellas, y yo sabía que las tres estaban locas con Hugo y se hablaban a gritos y siempre por la nariz, y la Cufina sobre todo se la pasaba preguntando: “¿Y dónde está el costurero con los hilos?” y la Ela le contestaba no sé qué, entonces se peleaban pero a propósito para llamar la atención, y menos mal que de ese lado los ligustros eran tupidos y no se veía mucho. Con Lila nos moríamos de risa al oírlas, y Hugo se tapaba la nariz y decía: “¿Y dónde está la pavita para el mate?” Entonces la Chola que era la mayor decía: “¿Vieron chicas cuántos groseros hay este año?”, y nosotros nos metíamos pasto en la boca para no reírnos fuerte, porque lo bueno era dejarlas con las ganas y no seguírsela, así después cuando nos oían jugar a la mancha rabiaban mucho más y al final se peleaban entre ellas hasta que salía la tía y las mechoneaba y las tres se iban adentro llorando.

    A mí me gustaba tener de compañera a Lila en los juegos, porque entre hermanos a uno no le gusta jugar si hay otros, y mi hermana lo buscaba en seguida a Hugo de compañero. Lila y yo les ganábamos a las bolitas, pero a Hugo le gustaba más el vigilante y ladrón y la escondida, siempre había que hacerle caso y jugar a eso, pero también era formidable, solamente que no podíamos gritar y los juegos así sin gritos no valen tanto. A la escondida casi siempre me tocaba contar a mi, no sé por qué me engañaban vuelta a vuelta, y piedra libre uno detrás de otro. A las cinco salía abuelita y nos retaba porque estábamos sudados y habíamos tomado demasiado sol, pero nosotros la hacíamos reír y le dábamos besos, hasta Hugo y Lila que no eran de casa. Yo me fijé en esos días que abuelita iba siempre a mirar el estante de las herramientas, y me di cuenta que tenía miedo de que anduviéramos hurgando con las cosas de la máquina. Pero a nadie se le iba a ocurrir una pavada así, con lo de los tres niños de Flores y encima la paliza que nos iban a dar.

    A ratos me gustaba quedarme solo, y en esos momentos ni siquiera quería que estuviera Lila. Sobre toda al caer la tarde, un rato antes que abuelita saliera con su batón blanco y se pusiera a regar el jardín. A esa hora la tierra ya no estaba tan caliente, pero las madreselvas olían mucho y también los canteros de tomates donde había canaletas para el agua y bichos distintos que en otras partes. Me gustaba tirarme boca abajo y oler la tierra, sentirla debajo de mí, caliente con su olor a verano tan distinto de otras veces. Pensaba en muchas cosas, pero sobre todo en las hormigas, ahora que había visto lo que eran los hormigueros me quedaba pensando en las galerías que cruzaban por todos lados y que nadie veía. Como las venas en mis piernas, que apenas se distinguían debajo de la piel, pero llenas de hormigas y misterios que iban y venían. Si uno comía un poco de veneno, en realidad venía a ser lo mismo que el humo de la máquina, el veneno andaba por las venas del cuerpo igual que el humo en la tierra, no había mucha diferencia.

    Después de un rato me cansaba de estar solo y estudiar los bichos de los tomates. Iba a la puerta blanca, tomaba impulso y me largaba a la carrera como Buffalo Bill, y al llegar al cantero de las lechugas lo saltaba limpio y ni tocaba el borde de gramilla. Con Hugo tirábamos al blanco con la Diana de aire comprimido, o jugábamos en las hamacas cuando mi hermana o a veces Lila salían de bañarse y venían a las hamacas con ropa limpia. También Hugo y yo nos íbamos a bañar, y a última hora salíamos todos a la vereda, o mi hermana tocaba el piano en la sala y nosotros nos sentábamos en la balaustrada y veíamos volver a la gente del trabajo hasta que llegaba tío Carlos y todos lo íbamos a saludar y de paso a ver si traía algún paquete con hilo rosa o el Billiken. Justamente una de esas veces al correr a la puerta fue cuando Lila se tropezó en una laja y se lastimó la rodilla. Pobre Lila, no quería llorar pero le saltaban las lágrimas y yo pensaba en la madre que era tan severa y le diría machona y de todo cuando la viera lastimada. Hugo y yo hicimos la sillita de oro y la llevamos del lado de la puerta blanca mientras mi hermana iba a escondidas a buscar un trapo y alcohol. Hugo se hacía el comedido y quería curarla a Lila, lo mismo mi hermana para estar con Hugo, pero yo los saqué a empujones y le dije a Lila que aguantara nada más que un segundo, y que si quería cerrara los ojos. Pero ella no quiso y mientras yo le pasaba el alcohol ella lo miraba fijo a Hugo como para mostrarle lo valiente que era. Yo le soplé fuerte en la lastimadura y con la venda quedó muy bien y no le dolía.

    —Mejor andate en seguida a tu casa —le dijo mi hermana—, así tu mamá no se cabrea.
Después que se fue Lila yo me empecé a aburrir con Hugo y mi hermana que hablaban de orquestas típicas, y Hugo había visto a De Caro en un cine y silbaba tangos para que mi hermana los sacara en el piano. Me fui a mi cuarto a buscar el álbum de las estampillas, y todo el tiempo pensaba que la madre la iba a retar a Lila y que a lo mejor estaba llorando o que se le iba a infectar la matadura como pasa tantas veces. Era increíble lo valiente que había sido Lila con el alcohol, y cómo lo miraba a Hugo sin llorar ni bajar la vista.

    En la mesa de luz estaba la botánica de Hugo, y asomaba el canuto de la pluma de pavorreal. Como él me la dejaba mirar la saqué con cuidado y me puse al lado de la lámpara para verla bien. Yo creo que no había ninguna pluma más linda que ésa. Parecía las manchas que se hacen en el agua de los charcos, pero no se podía comparar, era muchísimo más linda, de un verde brillante como esos bichos que viven en los damascos y tienen dos antenas largas con una bolita peluda en cada punta. En medio de la parte más ancha y más verde se abría un ojo azul y violeta, todo salpicado de oro, algo como no se ha visto nunca. Yo de golpe me daba cuenta por qué se llamaba pavorreal, y cuanto más la miraba más pensaba en cosas raras, como en las novelas, y al final la tuve que dejar porque se la hubiera robado a Hugo y eso no podía ser. A lo mejor Lila estaba pensando en nosotros, sola en su casa (que era oscura y con sus padres tan severos) cuando yo me divertía con la pluma y las estampillas. Mejor guardar todo y pensar en la pobre Lila tan valiente.

    Por la noche me costó dormirme, no sé por qué. Se me había metido en la cabeza que Lila no estaba bien y que tenía fiebre. Me hubiera gustado pedirle a mamá que fuera a preguntarle a la madre pero no se podía, primero con Hugo que se iba a reír, y después que mamá se enojaría si se enteraba de la lastimadura y que no le habíamos avisado. Me quise dormir tantas veces pero no podía, y al final pensé que lo mejor era ir por la mañana a lo de Lila y ver cómo estaba, o llamar por el ligustro. Al final me dormí pensando en Lila y Buffalo Bill y también en la máquina de las hormigas, pero sobre todo en Lila.

    Al otro día me levanté antes que nadie y fui a mi jardín, que estaba cerca de las glicinas. Mi jardín era un cantero nada más que mío, que abuelita me había dado para que yo hiciese lo que quisiera. Una vez planté alpiste, después batatas, pero ahora me gustaban las flores y sobre todo mi jazmín del Cabo, que es el de olor más fuerte sobre todo de noche, y mamá siempre decía que mi jazmín era el más lindo de la casa. Con la pala fui cavando despacio alrededor del jazmín, que era lo mejor que yo tenía, y al final lo saqué con toda la tierra pegada a la raíz. Así fui a llamarla a Lila que también estaba levantada y no tenía casi nada en la rodilla.

    —¿Hugo se va mañana? —me preguntó, y le dije que sí, porque tenía que seguir estudiando en Buenos Aires el ingreso a primer año. Le dije a Lila que le traía una cosa y ella me preguntó qué era, y entonces por entre el ligustro le mostré mi jazmín y le dije que se lo regalaba y que si quería la iba a ayudar a hacerse un jardín para ella sola. Lila dijo que el jazmín era muy lindo, y le pidió permiso a la madre y yo salté el ligustro para ayudarla a plantarlo. Elegimos un cantero chico, arrancamos unos crisantemos medio secos que había, y yo me puse a puntear la tierra, a darle otra forma al cantero, y después Lila me dijo dónde le gustaba que estuviera el jazmín, que era en el mismo medio. Yo lo planté, regamos con la regadera y el jardín quedó muy bien. Ahora yo tenía que conseguir un poco de gramilla, pero no había apuro. Lila estaba muy contenta y no le dolía nada la lastimadura. Quería que Hugo y mi hermana vieran en seguida lo que habíamos hecho, y yo los fui a buscar justo cuando mamá me llamaba para el café con leche. Las de Negri andaban peleándose en el jardín, y la Cufina chillaba como siempre. No sé cómo podían pelearse con una mañana tan linda.

    El sábado por la tarde Hugo se tenía que volver a Buenos Aires y yo dentro de todo me alegré porque tío Carlos no quería encender la máquina ese día y lo dejó para el domingo. Mejor que estuviéramos él y yo solamente, no fuera la mala pata que Hugo se saliera envenenando o cualquier cosa. Esa tarde lo extrañé un poco porque ya me había acostumbrado a tenerlo en mi cuarto, y sabía tantos cuentos y aventuras de memoria. Pero peor era mi hermana que andaba por toda la casa como sonámbula, y cuando mamá le preguntó qué le pasaba dijo que nada, pero ponía una cara que mamá se quedó mirándola y al final se fue diciendo que algunas se creían más grandes de lo que eran y eso que ni sonarse solas sabían. Yo encontraba que mí hermana se portaba como una estúpida, sobre todo cuando la vi que con tiza de colores escribía en el pizarrón del patio el nombre de Hugo, lo borraba y lo escribía de nuevo, siempre con otros colores y otras letras, mirándome de reojo, y después hizo un corazón con una flecha y yo me fui para no pegarle un par de bifes o ir a decírselo a mamá. Para peor esa tarde Lila se había vuelto a su casa temprano, diciendo que la madre no la dejaba quedarse por culpa de la lastimadura. Hugo le dijo que a las cinco venían a buscarlo de Buenos Aires, y que por qué no se quedaba hasta que él se fuera, pero Lila dijo que no podía y se fue corriendo y sin saludar. Por eso cuando lo vinieron a buscar, Hugo tuvo que ir a despedirse de Lila y la madre, y después se despidió de nosotros y se fue muy contento diciendo que volvería al otro fin de semana. Esa noche yo me sentí un poco solo en mi cuarto, pero por otro lado era una ventaja sentir que todo era de nuevo mío, y que Podía apagar la luz cuando me daba la gana.

    El domingo al levantarme oí que mamá hablaba por el alambrado con el señor Negri. Me acerqué a decir buen día y el señor Negri estaba diciéndole a mamá que en el cantero de las lechugas donde salía el humo el día que probamos la máquina, todas las lechugas se estaban marchitando. Mamá le dijo que era muy raro porque en el prospecto de la máquina decía que el humo no era dañino para las plantas, y el señor Negri le contestó que no hay que fiarse de los prospectos, que lo mismo es con los remedios que cuando uno lee el prospecto se va a curar de todo y después a lo mejor acaba entre cuatro velas. Mamá le dijo que podía ser que alguna de las chicas hubiera echado agua de jabón en el cantero sin querer (pero yo me di cuenta que mamá quería decir a propósito, de chusmas que eran y para buscar pelea) y entonces el señor Negri dijo que iba a averiguar pero que en realidad si la máquina mataba las plantas no se veía la ventaja de tomarse tanto trabajo. Mamá le dijo que no iba a comparar unas lechugas de mala muerte con el estrago que hacen las hormigas en los jardines, y que por la tarde la íbamos a encender, y si veían humo que avisaran que nosotros iríamos a tapar los hormigueros para que ellos no se molestaran. Abuelita me llamó para tomar el café y no sé qué más se dijeron, pero yo estaba entusiasmado pensando que otra vez íbamos a combatir las hormigas, y me pasé la mañana leyendo Raffles aunque no me gustaba tanto como Buffalo Bill y muchas otras novelas.

    A mí hermana se le había pasado la loca y andaba cantando por toda la casa, en una de esas le dio por pintar con los lápices de colores y vino adonde yo estaba, y antes de darme cuenta ya había metido la nariz en lo que yo hacía, y justo por casualidad yo acababa de escribir mi nombre, que me gustaba escribirlo en todas partes, y el de Lila que por pura casualidad había escrito al lado del mío. Cerré el libro pero ella ya había leído y se puso a reír a carcajadas y me miraba como con lástima, y yo me le fui encima pero ella chilló y oí que mamá se acercaba, entonces me fui al jardín con toda la rabia. En el almuerzo ella me estuvo mirando con burla todo el tiempo, y me hubiera encantado pegarle una patada por abajo de la mesa, pero era capaz de ponerse a gritar y a la tarde íbamos a encender la máquina, así que me aguanté y no dije nada. A la hora de la siesta me trepé al sauce a leer y a pensar, y cuando a las cuatro y media salió tío Carlos de dormir, cebamos mate y después preparamos la máquina, y yo hice dos palanganas de barro. Las mujeres estaban adentro y hacía calor, sobre todo al lado de la máquina que era a carbón, pero el mate es bueno para eso si se toma amargo y muy caliente.

    Habíamos elegido la parte del fondo del jardín cerca de los gallineros, porque parecía que las hormigas se estaban refugiando en esa parte y hacían mucho estrago en los almácigos. Apenas pusimos el pico en el hormiguero más grande empezó a salir humo por todas partes, y hasta por entre los ladrillos del piso del gallinero salía. Yo iba de un lado a otro taponando la tierra, y me gustaba echar el barro encima y aplastarlo con las manos hasta que dejaba de salir el humo. Tío Carlos se asomó al alambrado de las de Negri y le preguntó a la Chola, que era la menos sonsa, si no salía humo en su jardín, y la Cufina armaba gran revuelo y andaba por todas partes mirando porque a tío Carlos le tenían mucho respeto, pero no salía humo del lado de ellas. En cambio oí que Lila me llamaba y fui corriendo al ligustro y la vi que estaba con su vestido de lunares anaranjados que era el que más me gustaba, y la rodilla vendada. Me gritó que salía humo de su jardín, el que era solamente suyo, y yo ya estaba saltando el alambrado con una de las palanganas de barro mientras Lila me decía afligida que al ir a ver su jardín había oído que hablábamos con las de Negri y que entonces justo al lado de donde habíamos plantado el jazmín empezaba a salir humo. Yo estaba arrodillado echando barro con todas mis fuerzas. Era muy peligroso para el jazmín recién trasplantado y ahora con el veneno tan cerca, aunque el manual decía que no. Pensé si no podría cortar la galería de las hormigas unos metros antes del cantero, pero antes de nada eché el barro y taponé la salida lo mejor que pude. Lila se había sentado a la sombra con un libro y me miraba trabajar. Me gustaba que me estuviera mirando, y puse tanto barro que seguro por ahí no iba a salir más humo. Después me acerqué a preguntarle dónde había una pala para ver de cortar la galería antes que llegara al jazmín con todo el veneno. Lila se levantó y fue a buscar la pala, y como tardaba yo me puse a mirar el libro que era de cuentos con figuras, y me quedé asombrado al ver que Lila también tenía una pluma de pavorreal preciosa en el libro, y que nunca me había dicho nada. Tío Carlos me estaba llamando para que taponara otros agujeros, pero yo me quedé mirando la pluma que no podía ser la de Hugo pero era tan idéntica que parecía del mismo pavorreal, verde con el ojo violeta y azul, y las manchitas de oro. Cuando Lila vino con la pala le pregunté de dónde había sacado la pluma, y pensaba contarle que Hugo tenía una idéntica. Casi no me di cuenta de lo que me decía cuando se puso muy colorada y contestó que Hugo se la había regalado al ir a despedirse.

—Me dijo que en su casa hay muchas —agregó como disculpándose pero no me miraba, y tío Carlos me llamó más fuerte del otro lado de los ligustros y yo tiré la pala que me había dado Lila y me volví al alambrado, aunque Lila me llamaba y me decía que otra vez estaba saliendo humo en su jardín. Salté el alambrado y desde casa por entre los ligustros la miré a Lila que estaba llorando con el libro en la mano y la pluma que asomaba apenas, y vi que el humo salía ahora al lado mismo del jazmín, todo el veneno mezclándose con las raíces. Fui hasta la máquina aprovechando que tío Carlos hablaba de nuevo con las de Negri, abrí la lata del veneno y eché dos, tres cucharadas llenas en la máquina y la cerré; así el humo invadía bien los hormigueros y mataba todas las hormigas, no dejaba ni una hormiga viva en el jardín de casa.

 

La constitución ha muerto

La Constitución ha muerto, y al enlutar hoy el frontis de nuestras oficinas con esta fatídicA, protestamos solemnemente contra los asesinos de ella, como escenario sangriento al pueblo que han vejado, celebren este día con muertos de regocijo y satifacción. Ricardo Flores Magón

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La imagen data del año 1903. Ésta fue tomada en las oficinas del “Hijo del Ahuizote”, ubicada en el #42 de lo que hoy conocemos como República de Ecuador, en el centro de la ciudad de México.

111 años y una nueva Constitución después la historia se está repitiendo. Sí, la Constiución ha muerto.

Sobre qué y a quién leer: RIUS

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No sé si fue en el último grado de la secundaria, o después  -pero fue, que es lo más importante- cuando un amigo me presentó un libro de Eduardo del Río García, mejor conocido en los bajos mundillos como RIUS. El libro fue Marx para principiantes, un libro que te acerca al mundo de los rojillos, mismo que recomiendo si lo suyo es eso del comunismo, y si no, pues también léanlo.

De ahí no pasó mucho tiempo cuando me hice de más y más libros de él. Curioso que cuando fui con mi madre a la librería hace dos o más años, y de repente entre la obra de dicho muchachón aparecen títulos como: La biblia, es linda tontería, Manual del perfecto ateo, El mito guadalupano, La iglesia y otros cuentos… y varios más, mi má sólo me volteó a ver con cara de “ni creas que te voy a comprar eso, ni creas”, ya después se le pasó, o mejor dicho, lo único que le quedó fue aceptar.

La obra de RIUS se caracteriza por ser tiras cómicas, una gran forma de acercarse a los no lectores, en especial a nosotros lo mexicanos, pues, por desgracia, la mayoría no lee ni la biblia, y eso que es un pueblo católico. Otro punto a favor de estos libros son los temas que se tratan, pues su autor, no sé ahora, pero antes era comunista, ateo y vegetariano; puntos a favor para que se atreviera a hablar de lo que muchos callan.

Usté podrá decir que al ser tiras cómicas se les quita seriedad, pero no, pues los libros tienen sus fuentes confiables. Y otra cosa importante en estos tiempos de crisis, el precio de los libros son accesibles, sobre todo en lugares que no sean librerías grandes. Pues éstos valen su mayoría entre $60 y $120, moneda nacional de México.

Motivos sobran para que leas a RIUS, así que hazlo. Y por si tenian duda, no, no me pagaron por este texto.

Libros altamente recomendados:

Manual del perfecto ateo

EL mito guadalupano

La panza es primero

Marx para principiantes

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Queremos tanto a Glenda

Glenda Jackson1

Queremos tanto a Glenda
En aquel entonces era difícil saberlo. Uno va al cine o al teatro y vive su noche sin pensar en los que ya han cumplido la misma ceremonia, eligiendo el lugar y la hora, vistiéndose y telefoneando y fila once o cinco, la sombra y la música, la tierra de nadie
y de todos allí donde todos son nadie, el hombre o la mujer en su butaca, acaso una
palabra para excusarse por llegar tarde, un comentario a media voz que alguien recoge o
ignora, casi siempre el silencio, las miradas vertiéndose en la escena o la pantalla,
huyendo de lo contiguo, de lo de este lado. Realmente era difícil saber, por encima de la
publicidad, de las colas interminables, de los carteles y las críticas, que éramos tantos
los que queríamos a Glenda.
Llevó tres o cuatro años y sería aventurado afirmar que el núcleo se formó a
partir de Irazusta o de Diana Rivero, ellos mismos ignoraban cómo en algún momento,
en las copas con los amigos después del cine, se dijeron o se callaron cosas que
bruscamente habrían de crear la alianza, lo que después todos llamamos el núcleo y los
más jóvenes el club. De club no tenía nada, simplemente queríamos a Glenda Garson y
eso bastaba para recortarnos de los que solamente la admiraban. Al igual que ellos
también nosotros admirábamos a Glenda y además a Anouk, a Marilina, a Annie, a
Silvana y por qué no a Marcello, a Yves, a Vittorio y a Dirk, pero solamente nosotros
queríamos tanto a Glenda, y el núcleo se definió por eso y desde eso, era algo que sólo
nosotros sabíamos y confiábamos a aquellos que a lo largo de las charlas habían ido
mostrando poco a poco que también querían a Glenda.
A partir de Diana o Irazusta el núcleo se fue dilatando lentamente: el año de El
fuego de la nieve debíamos ser apenas seis o siete, cuando estrenaron El uso de la
elegancia el núcleo se amplió y sentimos que crecía casi insoportablemente y que
estábamos amenazados de imitación snob o de sentimentalismo estacional. Los
primeros, Irazusta y Diana y dos o tres más, decidimos cerrar filas, no admitir sin
pruebas, sin el examen disimulado por los whiskys y los alardes de erudición (tan de
Buenos Aires, tan de Londres y de México esos exámenes de medianoche). A la hora
del estreno de Los frágiles retornos nos fue preciso admitir, melancólicamente
triunfantes, que éramos muchos los que queríamos a Glenda. Los reencuentros en los
cines, las miradas a la salida, ese aire como perdido de las mujeres y el dolido silencio
de los hombres nos mostraban mejor que una insignia o un santo y seña. Mecánicas no
investigables nos llevaron a un mismo café del centro, las mesas aisladas empezaron a
acercarse, hubo la grácil costumbre de pedir el mismo cóctel para dejar de lado toda
escaramuza inútil y mirarnos por fin en los ojos, allí donde todavía alentaba la última
imagen de Glenda en la última escena de la última película.
Veinte, acaso treinta, nunca supimos cuántos llegamos a ser porque a veces
Glenda duraba meses en una sala o estaba al mismo tiempo en dos o cuatro, y hubo
además ese momento excepcional en que apareció en escena para representar a la joven
asesina de Los delirantes y su éxito rompió los diques y creó entusiasmos momentáneos
que jamás aceptamos. Ya para entonces nos conocíamos, muchos nos visitábamos para hablar de Glenda. Desde un principio Irazusta parecía ejercer un mandato tácito que
nunca había reclamado, y Diana Rivero jugaba su lento ajedrez de confirmaciones y
rechazos que nos aseguraba una autenticidad total sin riesgos de infiltrados o de tilingos.
Lo que había empezado como asociación libre alcanzaba ahora una estructura de clan, y
a las livianas interrogaciones del principio se sucedían las preguntas concretas, la
secuencia del tropezón en El uso de la elegancia, la réplica final de El fuego de la
nieve, la segunda escena erótica de Los frágiles retornos. Queríamos tanto a Glenda que
no podíamos tolerar a los advenedizos, a las tumultuosas lesbianas, a los eruditos de la
estética. Incluso (nunca sabremos cómo) se dio por sentado que iríamos al café los
viernes cuando en el centro pasaran una película de Glenda, y que en los reestrenos en
cines de barrio dejaríamos correr una semana antes de reunimos, para darles a todos el
tiempo necesario; como en un reglamento riguroso, las obligaciones se definían sin
equívoco, no acatarlas hubiera sido provocar la sonrisa despectiva de Irazusta o esa
mirada amablemente horrible con que Diana Rivero denunciaba la traición y el castigo.
En ese entonces las reuniones eran solamente Glenda, su deslumbrante ubicuidad en
cada uno de nosotros, y no sabíamos de discrepancias o reparos. Sólo poco a poco, al
principio con un sentimiento de culpa, algunos se atrevieron a deslizar críticas parciales,
el desconcierto o la decepción frente a una secuencia menos feliz, las caídas en lo
convencional o lo previsible. Sabíamos que Glenda no era responsable de los
desfallecimientos que enturbiaban por momentos la espléndida cristalería de El látigo o
el final de Nunca se sabe por qué. Conocíamos otros trabajos de sus directores, el
origen de las tramas y los guiones; con ellos éramos implacables porque empezábamos
a sentir que nuestro cariño por Glenda iba más allá del mero territorio artístico y que
sólo ella se salvaba de lo que imperfectamente hacían los demás. Diana fue la primera
en hablar de misión, lo hizo con su manera tangencial de no afirmar lo que de veras
contaba para ella, y le vimos una alegría de whisky doble, de sonrisa saciada, cuando
admitimos llanamente que era cierto, que no podíamos quedarnos solamente en eso, el
cine y el café y quererla tanto a Glenda.
Tampoco entonces se dijeron palabras claras, no nos eran necesarias. Sólo
contaba la felicidad de Glenda en cada uno de nosotros, y esa felicidad sólo podía venir
de la perfección. De golpe los errores, las carencias se nos volvieron insoportables; no
podíamos aceptar que Nunca se sabe por qué terminara así, o que El fuego de la nieve
incluyera la infame secuencia de la partida de poker (en la que Glenda no actuaba pero
que de alguna manera la manchaba como un vómito, ese gesto de Nancy Phillips y la
llegada inadmisible del hijo arrepentido). Como casi siempre, a Irazusta le tocó definir
por lo claro la misión que nos esperaba, y esa noche volvimos a nuestras casas como
aplastados por la responsabilidad que acabábamos de reconocer y asumir, y a la vez
entreviendo la felicidad de un futuro sin tacha, de Glenda sin torpezas ni traiciones.
Instintivamente el núcleo cerró filas, la tarea no admitía una pluralidad borrosa.
Irazusta habló del laboratorio cuando ya estaba instalado en una quinta de Recife de
Lobos. Dividimos ecuánimemente las tareas entre los que deberían procurarse la
totalidad de las copias de Los frágiles retornos, elegida por su relativamente escasa
imperfección. A nadie se le hubiera ocurrido plantearse problemas de dinero, Irazusta
había sido socio de Howard Hughes en el negocio de las minas de estaño de Pichincha,
un mecanismo extremadamente simple nos ponía en las manos el poder necesario, los
jets y las alianzas y las coimas. Ni siquiera tuvimos una oficina, la computadora de
Hagar Loss programó las tareas y las etapas. Dos meses después de la frase de Diana
Rivero el laboratorio estuvo en condiciones de sustituir en Los frágiles retornos la
secuencia ineficaz de los pájaros por otra que devolvía a Glenda el ritmo perfecto y el exacto sentido de su acción dramática. La película tenía ya algunos años y su reposición
en los circuitos internacionales no provocó la menor sorpresa: la memoria juega con sus
depositarios y les hace aceptar sus propias permutaciones y variantes, quizá la misma
Glenda no hubiera percibido el cambio y sí, porque eso lo percibimos todos, la
maravilla de una perfecta coincidencia con un recuerdo lavado de escorias, exactamente
idéntico al deseo.
La misión se cumplía sin sosiego, apenas asegurada la eficacia del laboratorio
completamos el rescate de El fuego de la nieve y El prisma; las otras películas entraron
en proceso con el ritmo exactamente previsto por el personal de Hagar Loss y del
laboratorio. Tuvimos problemas con El uso de la elegancia, porque gente de los
emiratos petroleros guardaba copias para su goce personal y fueron necesarias
maniobras y concursos excepcionales para robarlas (no tenemos por qué usar otra
palabra) y sustituirlas sin que los usuarios lo advirtieran. El laboratorio trabajaba en un
nivel de perfección que en un comienzo nos había parecido inalcanzable aunque no nos
atreviéramos a decírselo a Irazusta; curiosamente la más dubitativa había sido Diana,
pero cuando Irazusta nos mostró Nunca se sabe por qué y vimos el verdadero final,
vimos a Glenda que en lugar de volver a la casa de Romano enfilaba su auto hacia el
farallón y nos destrozaba con su espléndida, necesaria caída en el torrente, supimos que
la perfección podía ser de este mundo y que ahora era de Glenda para siempre, de
Glenda para nosotros para siempre.
Lo más difícil estaba desde luego en decidir los cambios, los cortes, las
modificaciones de montaje y de ritmo; nuestras distintas maneras de sentir a Glenda
provocaban duros enfrentamientos que sólo se aplacaban después de largos análisis y en
algunos casos por imposición de una mayoría en el núcleo. Pero aunque algunos,
derrotados, asistiéramos a la nueva versión con la amargura de que no se adecuara del
todo a nuestros sueños, creo que a nadie le decepcionó el trabajo realizado; queríamos
tanto a Glenda que los resultados eran siempre justificables, muchas veces más allá de
lo previsto. Incluso hubo pocas alarmas: la carta de un lector del infaltable Times
asombrándose de que tres secuencias de El fuego de la nieve se dieran en un orden que
creía recordar diferente, y también un artículo del crítico de La Opinión que protestaba
por un supuesto corte en El prisma, imaginándose razones de mojigatería burocrática.
En todos los casos se tomaron rápidas disposiciones para evitar posibles secuelas; no
costó mucho, la gente es frívola y olvida o acepta o está a la caza de lo nuevo, el mundo
del cine es fugitivo como la actualidad histórica, salvo para los que queremos tanto a
Glenda.
Más peligrosas en el fondo eran las polémicas en el núcleo, el riesgo de un cisma
o de una diáspora. Aunque nos sentíamos más que nunca unidos por la misión, hubo
alguna noche en que se alzaron voces analíticas contagiadas de filosofía política, que en
pleno trabajo se planteaban problemas morales, se preguntaban si no estaríamos
entregándonos a una galería de espejos onanistas, a esculpir insensatamente una locura
barroca en un colmillo de marfil o en un grano de arroz. No era fácil darles la espalda
porque el núcleo sólo había podido cumplir la obra como un corazón o un avión
cumplen la suya, ritmando una coherencia perfecta. No era fácil escuchar una crítica
que nos acusaba de escapismo, que sospechaba un derroche de fuerzas desviadas de una
realidad más apremiante, más necesitada de concurso en los tiempos que vivíamos. Y
sin embargo no fue necesario aplastar secamente una herejía apenas esbozada, incluso
sus protagonistas se limitaban a un reparo parcial, ellos y nosotros queríamos tanto a
Glenda que por encima y más allá de las discrepancias éticas o históricas imperaba el
sentimiento que siempre nos uniría, la certidumbre de que el perfeccionamiento de Glenda nos perfeccionaba y perfeccionaba el mundo. Tuvimos incluso la espléndida
recompensa de que uno de los filósofos restableciera el equilibrio después de superar
ese periodo de escrúpulos inanes; de su boca escuchamos que toda obra parcial es
también historia, que algo tan inmenso como la invención de la imprenta había nacido
del más individual y parcelado de los deseos, el de repetir y perpetuar un nombre de
mujer.
Llegamos así al día en que tuvimos las pruebas de que la imagen de Glenda se
proyectaba ahora sin la más leve flaqueza; las pantallas del mundo la vertían tal como
ella misma —estábamos seguros— hubiera querido ser vertida, y quizá por eso no nos
asombró demasiado enterarnos por la prensa de que acababa de anunciar su retiro del
cine y del teatro. La involuntaria, maravillosa contribución de Glenda a nuestra obra no
podía ser coincidencia ni milagro, simplemente algo en ella había acatado sin saberlo
nuestro anónimo cariño, del fondo de su ser venía la única respuesta que podía darnos,
el acto de amor que nos abarcaba en una entrega última, ésa que los profanos sólo
entenderían como ausencia. Vivimos la felicidad del séptimo día, del descanso después
de la creación; ahora podíamos ver cada obra de Glenda sin la agazapada amenaza de un
mañana nuevamente plagado de errores y torpezas; ahora nos reuníamos con una
liviandad de ángeles o de pájaros, en un presente absoluto que acaso se parecía a la
eternidad.
Sí, pero un poeta había dicho bajo los mismos cielos de Glenda que la eternidad
está enamorada de las obras del tiempo, y le tocó a Diana saberlo y darnos la noticia un
año más tarde. Usual y humano: Glenda anunciaba su retorno a la pantalla, las razones
de siempre, la frustración del profesional con las manos vacías, un personaje a la
medida, un rodaje inminente. Nadie olvidaría esa noche en el café, justamente después
de haber visto El uso de la elegancia que volvía a las salas del centro. Casi no fue
necesario que Irazusta dijera lo que todos vivíamos como una amarga saliva de
injusticia y rebeldía. Queríamos tanto a Glenda que nuestro desánimo no la alcanzaba;
qué culpa tenía ella de ser actriz y de ser Glenda; el horror estaba en la máquina rota, en
la realidad de cifras y prestigios y Oscars entrando como una fisura solapada en la
esfera de nuestro cielo tan duramente ganado. Cuando Diana apoyó la mano en el brazo
de Irazusta y dijo: «Sí, es lo único que queda por hacer», hablaba por todos sin
necesidad de consultarnos. Nunca el núcleo tuvo una fuerza tan terrible, nunca necesitó
menos palabras para ponerla en marcha. Nos separamos deshechos, viviendo ya lo que
habría de ocurrir en una fecha que sólo uno de nosotros conocería por adelantado.
Estábamos seguros de no volver a encontrarnos en el café, de que cada uno escondería
desde ahora la solitaria perfección de nuestro reino. Sabíamos que Irazusta iba a hacer
lo necesario, nada más simple para alguien como él. Ni siquiera nos despedimos como
de costumbre, con la liviana seguridad de volver a encontrarnos después del cine,
alguna noche de Los frágiles retornos o de El látigo. Fue más bien un darse la espalda,
pretextar que era tarde, que había que irse; salimos separados, cada uno llevándose su
deseo de olvidar hasta que todo estuviera consumado, y sabiendo que no sería así, que
aún nos faltaría abrir alguna mañana el diario y leer la noticia, las estúpidas frases de la
consternación profesional. Nunca hablaríamos de eso con nadie, nos evitaríamos
cortésmente en las salas y en la calle; sería la única manera de que el núcleo conservara
su fidelidad, que guardara en el silencio la obra cumplida. Queríamos tanto a Glenda
que le ofreceríamos una última perfección inviolable. En la altura intangible donde la
habíamos exaltado, la preservaríamos de la caída, sus fieles podrían seguir adorándola
sin mengua; no se baja vivo de una cruz

El objetivo de la educación

Vivimos encerrados en un mundo de ficción; donde adiestran nuestra mente y le llaman educación.

Cuando eres creativo te crecen las manos, y es que estás educado para ser un enano.

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Yo no alcanzo a comprender que la vida sea así. Que sólo se trate de seguir por el camino que nos trazan, y que te conformes.  No, no y no. Y ahora, ¿tú para qué estudias? ¿Cuál es el objetivo de ir a la escuela, sentarte y escuchar, entender lo que te enseñan, si es que eres suertudo, y después pasar un examen? Seguro que quieres ser uno de esos “hombres exitosos” que te muestran los medios de comunicación.

¡Despierta!

Muchas veces sólo necesitamos un cachetadón para poder despertar, y espero que esta entrada sea ese golpe que, por lo menos, te sacuda y empieces a abrir los ojos.

Cypherpunks: La libertad y el futuro de Internet

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“El autor George Orwell ya mostró en su libro 1984 los peligros de este tipo de medidas para recabar información… los métodos descritos en la novela no son nada comparados con lo que hoy es posible hacer. “

“¿Acaso sabes lo que buscaste hace dos años, tres días y cuatro horas? No lo sabes; Google sí.”

Es necesario que sepan que este texto que leerán a continuación no es una reseña ni una crítica; sólo es un grito desesperante para que este libro pueda ser leído por más personas. 

A mediados de enero, mientras vagaba por estos lares con el objetivo de encontrar qué leer, me encontré con Cypherpunks: La libetad y el futuro de Internet, un libro que recopila una conversación entre Julian Assange, Jacob Appelbaum, Andy Müller-Maguhn y Jérémie Zimmermann; activistas y por qué no decirlo: hackers.  No dudé en comprarlo, y en cuanto tuve un día libre me lancé por él.

El libro tiene como objetivo mostrarnos las amenzas a las que estamos expuestos en la red. Y no, no se refieren a criminales cibernéticos que pueden robar nuestra información; sino a los verdaderos delincuentes -entiéndale usted mismo, querido lector-.

Internet es una gran herramienta, como negarlo, si de aquí he aprendido tanto. Sin embargo no todo es positivo, pues todo lo que hacemos aquí queda registrado, sí, también nuestros mensajes, lo que vemos, oímos o leemos. Nuestras tendencias políticas y hasta nuestras preferencias sexuales son conocidas por El Gran Hermano.

¿Qué podemos hacer para evitar ser espiados? Esa pregunta en gran parte queda resuelta en este libro.

Así que cómpralo o descárgalo, léelo y difúndelo.

Sólo les diré que tenemos pocas opciones: La criptografía, el software y el hardware libre.

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Compartir no es un delito; así que si no pueden o no quieren comprarlo; existe la posibilidad de descargarlo desde aquí.

 

¡Oh, sí! Comienza a leer “Cortázar de la A a la Z”

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Ya habíamos hablado sobre “Cortázar de la A a la Z, un álbum biográfico”,  sin embargo vale la pena volver a hablar sobre esa biografía visual, que desde mi punto de vista,  sólo será adquirida por la gente que viene leyendo sus textos, pues no será obra literaria inédita, sino un álbum de fotos acompañada de textos de el gran cronopio.

Su lanzamiento está tan próximo que yo vengo pensado ir acampar afuera de la librería para ser el primero en adquirirlo… bueno, no tanto así, pero sí ya me estoy preparando para ese día. La fecha para México aún no se da a conocer, pero habrá que estar atenttos, pues la divisón de Alfaguara en nuestro país sólo contestó con un: Estará disponible en febrero. La gente de España lo podrá comprar a partir del 29 de este mes, y los de la Argentina desde el próximo sábado.

Y bueno, en sí lo único nuevo de esta entrada es que -contengan sus gritos-, ya se puede empezar a leer el libro. Sí, nomás es una pruebita, pero viene a calmar mis ansias, así que pásenle por aquí, y dénse.

Mirá amá, Kafka volvió en forma de videojuego

Existen vicios que no se superan, y sí, adivinaron, para mí los videojuegos son uno de esos. Sin embargo, uno ya o les da tanta importancia como antes, hasta que llega una noticia como ésta y hasta uno se emociona.

Por ahí se dice: “Se puede escribir sobre una piedra y hacer una cosa fascinante siempre que el que escriba se llame Kafka.” Y si aún no lo leen no sé qué esperan. Pero buena, el objetivo no es hablar sobre su obra literaria, sino de que ha vuelto… en forma de videojuego.

Benditos desarrolladores independientes y las grandes cosas que hacen. Y más tú, Denis Galanin. Pues él es el encargado de The Franz Kafka Videogame. Un juego que toma diversos elementos de los escritos del autor checo, sobre todo de “El Pasajero” y “La Metamorfosis”  

El personaje de esta aventura será K. quien después de obtener una oferta laboral nos adentrará en una historia que cambiará su vida. Este proceso estará lleno de surrealismo, situaciones absurdas e incertidumbre.

No habrá que esperar mucho para que podamos ponerle las manos encima, pues el título llegará en lo que viene siendo el actual año. Las plataformas compatibles serán: Android, Ios, Linux, Mac y Windows.